Interesante iniciativa ha llevado a cabo el colectivo de manteros: una manifestación para reclamar que no sean castigados con la cárcel. Ciertamente es aberrante llevar a prisión a alguien por una actividad que reporta unos ingresos diarios de 15€ al día. Pero es que perjudican a uno de los sectores más poderosos en España como son los autores/editores y son el eslabón más débil de la sociedad. Lo que nadie puede negar es su integración y el interesante y enriquecedor giro que le dan a las manifas en democracia. Buena forma de reivindicar su dignidad humana haciendo uso de sus derechos civiles.
En la protesta ha participado, por lo que se ve, Willy Toledo, actor que ha tenido gran protagonismo estos días por unas declaraciones controvertidas sobre los derechos humanos y la democracia. En esta ocasión le alabo la causa, especialmente al ir en contra de sus intereses de clase, pero quizá debería reconocer que algo bueno tiene esta democracia burguesa que permite manifestarse a los más desclasados que reconocen llevar a cabo una actividad ilegal, cosa que en Cuba parece que está más bien restringida. Y es que los derechos civiles son una buena cosa que no creo que se deban menospreciar.
sábado, 13 de marzo de 2010
viernes, 12 de marzo de 2010
Cuestión de prioridades
Imposible ser más gráfico en la contraposición de la Cataluña real respecto a la oficial. Mientras Cataluña estaba colapsada por la nevada, nuestros representantes votando la ley de consultas para abrir el camino, como perfectamente expone Albert Rivera, a referendos de independencia que agiten la convivencia. Que la gente tenga claro a la hora de votar cuáles son las prioridades de según quién.
jueves, 11 de marzo de 2010
LA OBSCENIDAD DE CIERTOS SUPUESTOS SOCIALISTAS
Celestino Corbacho, ministro socialista (o mejor dicho, del PSC-PSOE) de trabajo, ha realizado unas declaraciones muy inoportunas al respecto de los planes privados de pensiones. Con la que está cayendo y con el debate sobre las pensiones en el candelero no es muy acertado que el ministro de trabajo recomiende públicamente los planes privados de pensiones como complemento a las públicas. Lógicamente, tal y como está el patio los ciudadanos nos lo podemos tomar como una alarma innecesariamente y la verdad es que las empresas que ofrecen este producto no parece que necesiten esta publicidad añadida.
El portavoz socialista, perdón, del PSOE en el congreso ha añadido, intentando defender a su compañero, que es una "obviedad que las personas que quieran tener más ingresos que la pensión pública, pueden contratar planes de pensiones”. Creo que a nadie le cabe ninguna duda que efectivamente es bueno tener un plan privado de pensiones como ha señalado el ministro. La cuestión es que no insinúe que pueda llegar a ser necesario. Así pues, lo que no parece tan bueno es la imagen que nos está dando del sistema público de pensiones, ni da demasiada confianza a una ciudadanía que en su mayoría no se puede costear un plan privado. Son, por lo tanto, unas declaraciones no ya imprudentes por parte de un ministro de trabajo, sino impropias por parte de un dirigente de un partido que se hace llamar socialista, del cual sólo cabe esperar una cerrada defensa de las pensiones públicas.
Al ministro no se le han caído los anillos en reconocer que desde hace muchos años dispone de uno. Desde luego, se agradece su sinceridad, lo que pasa es que entre la crisis económica que vivimos y el descrédito que padece la clase política, la naturalidad con la que nos lo explica añadiendo que al cobrar más de 4000€ la máxima pensión que se puede cobrar es de 2400€, a muchos ciudadanos nos puede resultar obsceno. Por supuesto, el ministro podrá alegar, como ya hizo su compañero José Montilla al defender el Colegio Alemán donde tiene matriculados a sus hijos (por 400€ al mes por barba), que ésta es una opción personal. No nos cabe la menor duda. Ahora bien, no es como ser del Barça o del Madrid, que sale gratis, sino que se trata de opciones personales en las que se requiere unos ingresos muy superiores a la media.
La cuestión está en que nuestro infatigable ministro, a sus 61 venerables años, lleva desde 1983 encadenando cargos públicos, y sin actividad laboral previa conocida. Ahora está cobrando unos 78.791€ al año, muy por debajo de los 144.200€ que cobraba como presidente de la Diputación provincial de Barcelona, y cuando finalice su responsabilidad en el ministerio, tras 18 meses cobrando el 80% de su sueldo, podrá gozar de su merecida jubilación y su trabajado plan de pensiones. Todo esto a muchos ciudadanos nos podrá hacer dudar –malpensados de nosotros- que su actividad política haya estado motivada por su afán de justicia social y servicio público. En 1979 el PSOE dejó de declararse un partido de clase –trabajadora, se entiende-, lo que nos preocupa es que se transformara en un partido de clase, sí, pero de clase política. Cuesta no pensar en Napoleón, no el del Directorio, sino el de Animal Farm. ¡Qué perspicacia la de George Orwell!
El portavoz socialista, perdón, del PSOE en el congreso ha añadido, intentando defender a su compañero, que es una "obviedad que las personas que quieran tener más ingresos que la pensión pública, pueden contratar planes de pensiones”. Creo que a nadie le cabe ninguna duda que efectivamente es bueno tener un plan privado de pensiones como ha señalado el ministro. La cuestión es que no insinúe que pueda llegar a ser necesario. Así pues, lo que no parece tan bueno es la imagen que nos está dando del sistema público de pensiones, ni da demasiada confianza a una ciudadanía que en su mayoría no se puede costear un plan privado. Son, por lo tanto, unas declaraciones no ya imprudentes por parte de un ministro de trabajo, sino impropias por parte de un dirigente de un partido que se hace llamar socialista, del cual sólo cabe esperar una cerrada defensa de las pensiones públicas.
Al ministro no se le han caído los anillos en reconocer que desde hace muchos años dispone de uno. Desde luego, se agradece su sinceridad, lo que pasa es que entre la crisis económica que vivimos y el descrédito que padece la clase política, la naturalidad con la que nos lo explica añadiendo que al cobrar más de 4000€ la máxima pensión que se puede cobrar es de 2400€, a muchos ciudadanos nos puede resultar obsceno. Por supuesto, el ministro podrá alegar, como ya hizo su compañero José Montilla al defender el Colegio Alemán donde tiene matriculados a sus hijos (por 400€ al mes por barba), que ésta es una opción personal. No nos cabe la menor duda. Ahora bien, no es como ser del Barça o del Madrid, que sale gratis, sino que se trata de opciones personales en las que se requiere unos ingresos muy superiores a la media.
La cuestión está en que nuestro infatigable ministro, a sus 61 venerables años, lleva desde 1983 encadenando cargos públicos, y sin actividad laboral previa conocida. Ahora está cobrando unos 78.791€ al año, muy por debajo de los 144.200€ que cobraba como presidente de la Diputación provincial de Barcelona, y cuando finalice su responsabilidad en el ministerio, tras 18 meses cobrando el 80% de su sueldo, podrá gozar de su merecida jubilación y su trabajado plan de pensiones. Todo esto a muchos ciudadanos nos podrá hacer dudar –malpensados de nosotros- que su actividad política haya estado motivada por su afán de justicia social y servicio público. En 1979 el PSOE dejó de declararse un partido de clase –trabajadora, se entiende-, lo que nos preocupa es que se transformara en un partido de clase, sí, pero de clase política. Cuesta no pensar en Napoleón, no el del Directorio, sino el de Animal Farm. ¡Qué perspicacia la de George Orwell!
miércoles, 10 de marzo de 2010
Argumento ante un xenófobo
Ante el manido, poco fundado y poco elaborado argumento del xenófobo común de que "hay demasiados inmigrantes", cabe una respuesta que fácilmente pueden comprender y que está a su altura intelectual: "No sé, pero también hay demasiados gilipollas y no por eso te digo que te vayas a tomar por culo".
martes, 9 de marzo de 2010
El despreciado valor de la tolerancia
Una de las mayores ventajas de la democracia es que, entre otras cosas, garantiza la pluralidad. Pienses lo que pienses un Estado democrático es integrador, no expulsa a nadie por motivos de conciencia. En teoría, las instituciones, pues, son de todos y están para todos. Esto es algo formidable y no hay sistema conocido que lo logre al mismo nivel, a pesar de las múltiples y constantes presiones de aquellos que pretenden erigirse como representantes de los legítimos poseedores de determinados cachos de tierra o de la verdad absoluta.
Estas presiones parecen ser particularmente virulentas en los tiempos que corren. Quizá sean los miedos que generan las crisis. Pero no necesariamente. Parece más bien que sencillamente ya no se lleva lo de la tolerancia, un valor que ciertamente se predica mucho pero que se practica poco. Recuerdo aquellos tiempos en los que se discutía el concepto de tolerancia precisamente porque nadie debía adoptar la posición de preeminencia de tolerar nada a los demás. Siempre me había parecido un argumento convincente, pero últimamente le he captado un matiz a la idea de tolerancia que me parece le da plena vigencia como valor democrático. Es necesario que aprendamos todos a tolerar aquello que nos desagrada, que nos repugna.
De un tiempo a esta parte sucede que hay gente que parece concebir la democracia como la posibilidad de imponer su sensibilidad. Es cuestión de tener los apoyos suficientes. Es decir, entiende la democracia como la dictadura de la mayoría, lo cual, sin duda alguna, es una perversión tentadora pero injusta y que en cualquier momento se puede girar en contra de cualquiera que lo defienda. Hay un elemento ineludible en una verdadera democracia: la libertad individual, lo cual se puede traducir en el derecho al propio mal gusto.
Son muchos los que hoy en día pretenden que todo el mundo se amolde a su particular sensibilidad: los antiabortistas, los antitaurinos, los xenófobos, los nacionalistas y un largo etcétera se creen con el derecho de decirle a los demás qué comportamientos son legítimos, ni más ni menos, pretenden imponer su propia sensibilidad, lo cual, sin duda es muy tentador. Se acogen a más o menos solemnes valores que aseguran preservar: la vida, la dignidad, la cultura. Es decir, su propia moral, siempre muy legítima cuando se limitan a practicarla y no a imponerla. Porque puestos a propagar la virtud a lo ministerio iraní, podemos imponerla en múltiples ámbitos: la decencia en los medios de comunicación, el arte ante la música ligera, la gastronomía contra la comida rápida, el buen gusto en el vestir, la gracia en las formas, la simpatía en el trato… No soy demasiado original, esta distopía de felicidad y perfección ya se le ocurrió a alguien antes: A Aldous Huxley en Brave New World.
Estas presiones parecen ser particularmente virulentas en los tiempos que corren. Quizá sean los miedos que generan las crisis. Pero no necesariamente. Parece más bien que sencillamente ya no se lleva lo de la tolerancia, un valor que ciertamente se predica mucho pero que se practica poco. Recuerdo aquellos tiempos en los que se discutía el concepto de tolerancia precisamente porque nadie debía adoptar la posición de preeminencia de tolerar nada a los demás. Siempre me había parecido un argumento convincente, pero últimamente le he captado un matiz a la idea de tolerancia que me parece le da plena vigencia como valor democrático. Es necesario que aprendamos todos a tolerar aquello que nos desagrada, que nos repugna.
De un tiempo a esta parte sucede que hay gente que parece concebir la democracia como la posibilidad de imponer su sensibilidad. Es cuestión de tener los apoyos suficientes. Es decir, entiende la democracia como la dictadura de la mayoría, lo cual, sin duda alguna, es una perversión tentadora pero injusta y que en cualquier momento se puede girar en contra de cualquiera que lo defienda. Hay un elemento ineludible en una verdadera democracia: la libertad individual, lo cual se puede traducir en el derecho al propio mal gusto.
Son muchos los que hoy en día pretenden que todo el mundo se amolde a su particular sensibilidad: los antiabortistas, los antitaurinos, los xenófobos, los nacionalistas y un largo etcétera se creen con el derecho de decirle a los demás qué comportamientos son legítimos, ni más ni menos, pretenden imponer su propia sensibilidad, lo cual, sin duda es muy tentador. Se acogen a más o menos solemnes valores que aseguran preservar: la vida, la dignidad, la cultura. Es decir, su propia moral, siempre muy legítima cuando se limitan a practicarla y no a imponerla. Porque puestos a propagar la virtud a lo ministerio iraní, podemos imponerla en múltiples ámbitos: la decencia en los medios de comunicación, el arte ante la música ligera, la gastronomía contra la comida rápida, el buen gusto en el vestir, la gracia en las formas, la simpatía en el trato… No soy demasiado original, esta distopía de felicidad y perfección ya se le ocurrió a alguien antes: A Aldous Huxley en Brave New World.
viernes, 5 de marzo de 2010
jueves, 4 de marzo de 2010
HIPOCRESIA Y ARBITRARIEDAD
Tenía curiosidad por conocer la opinión de los impulsores de la famosa ILP de los toros al respecto de la doble moral habida entre els correbous (también conocidos por encierros) y las corridas (también conocidas como curses de braus). Por lo que se ve, renuncian a la prohibición dels bous embolats y tradiciones similares que sí exigen para las corridas porque, según les parece, “la sociedad no les apoyaría”. Incomprensible. ¿Qué fue de la inadmisible tortura a los animales? ¿No se trataba de acabar con tradiciones bárbaras?¿Por qué la sociedad apoyaría una prohibición y no la otra si implican el mismo maltrato?
La respuesta es evidente: se refieren a los nacionalistas, deseosos de acabar con algo que huele a españolazo pero incómodos con la prohibición de una tradición con solera nostrada (en realidad tienen tanta solera tradicional catalana els correbous como las corridas, pero qué más da). Tanto solemne alegato, tanta superioridad moral tirados por el sumidero de la hipocresía y la arbitrariedad.
Si algo nos cuesta asumir a los seres humanos es, precisamente, la hipocresía y la arbitrariedad, base de la concepción natural de la injusticia. De críos ya reaccionamos ante los caprichos del profe que coge manía a unos alumnos mientras otros son su ojito derecho. Los argumentos que nos llevan a prohibir algo no pueden ser ignorados ante un fenómeno equivalente, porque eso genera injusticias y los perjudicados adquieren motivos para sentirse agraviados. Algo, lógicamente, inaceptable en una democracia.
Me traen sin cuidado de la misma forma ambas prácticas, corridas y correbous. Lo que me preocupa es la libertad, la igualdad y la justicia, principios habitualmente sacrificados para satisfacer el capricho de los nacionalistas, poco dados a estos principios y habituados a procurar imponer su particular sensibilidad. Un puñado de toros no morirá ante los ojos del que lo quiera mirar a cambio de retorcer un poco más la libertad y la igualdad en Cataluña, y todo por la manía de algunos de imponer su propia sensibilidad. Aprendamos a respetar el mal gusto ajeno. ¡Ay, si yo intentara imponer mi propia sensibilidad! ¡Cuántas cosas prohibiría!
La respuesta es evidente: se refieren a los nacionalistas, deseosos de acabar con algo que huele a españolazo pero incómodos con la prohibición de una tradición con solera nostrada (en realidad tienen tanta solera tradicional catalana els correbous como las corridas, pero qué más da). Tanto solemne alegato, tanta superioridad moral tirados por el sumidero de la hipocresía y la arbitrariedad.
Si algo nos cuesta asumir a los seres humanos es, precisamente, la hipocresía y la arbitrariedad, base de la concepción natural de la injusticia. De críos ya reaccionamos ante los caprichos del profe que coge manía a unos alumnos mientras otros son su ojito derecho. Los argumentos que nos llevan a prohibir algo no pueden ser ignorados ante un fenómeno equivalente, porque eso genera injusticias y los perjudicados adquieren motivos para sentirse agraviados. Algo, lógicamente, inaceptable en una democracia.
Me traen sin cuidado de la misma forma ambas prácticas, corridas y correbous. Lo que me preocupa es la libertad, la igualdad y la justicia, principios habitualmente sacrificados para satisfacer el capricho de los nacionalistas, poco dados a estos principios y habituados a procurar imponer su particular sensibilidad. Un puñado de toros no morirá ante los ojos del que lo quiera mirar a cambio de retorcer un poco más la libertad y la igualdad en Cataluña, y todo por la manía de algunos de imponer su propia sensibilidad. Aprendamos a respetar el mal gusto ajeno. ¡Ay, si yo intentara imponer mi propia sensibilidad! ¡Cuántas cosas prohibiría!
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