Un tal César Molinas ha escrito un artículo en El País llamado Una teoría de la clase política española que no sólo me ha parecido interesante a mí sino a alguno que otro más, ya que ha sido TT en twitter todo el día. En mi humilde modo de entender, esboza un análisis certero de los partidos políticos dominantes, los cuales no representan los intereses de la ciudadanía sino fundamentalmente los suyos propios, constituyéndose, por lo tanto, en clase social. Finalmente propone un cambio en el sistema electoral para combatir los vicios clientelares de los partidos políticos cambiando el actual sistema representativo por uno mayoritario, como el vigente actualmente en el Reino Unido.
Si bien el análisis me parece impecable, la propuesta para acabar con este orden de cosas no está a la altura, al reducirla a un mero cambio de sistema electoral. Pero vamos, no es más que un artículo de prensa, tampoco vamos a esperar un programa electoral. A muchos, pues, nos ha parecido un muy buen y recomendable artículo. A unos cuantos no: de hecho, estaban indignados. Lo acusaban de cosas tan paradójicas como neoliberal-fascistoide (concepto tan estrafalario como fascista-leninista o luterano-suní). He preguntado, he indagado y lo más relevante que he encontrado es que el autor vive del sistema financiero. Yo tampoco me fío un pelo de nadie que viva del sistema financiero y soy el primero en atribuirles la responsabilidad de la crisis actual, en quejarme de los inmerecidos, injustos y nocivos privilegios que gozan y en exigir que se les aplique más controles y, por supuesto, tributación. Pero no soy aficionado a las falacias ad hominem, no se trata de juzgar a la persona y sus intenciones sino de refutar un argumento.
La verdad es que no he encontrado ningún argumento que me pareciese consistente. Los más sólidos, es decir, los que no se limitaban al insulto o al juicio de intenciones, le atribuían al artículo un objeto de estudio más amplio del que proponía el propio autor, en vez de la clase política, las causas de la crisis, considerando, así, que su análisis resultaba incompleto y, a su vez, por supuesto, interesado, por descargar responsabilidades del sistema financiero. A parte de eso, se le ha achacado a su propuesta de un sistema electoral mayoritario simplista, inútil, poco representativa o, directamente, un ataque a la democracia. También soy escéptico con esta parte del artículo, pero sin duda me parece una osadía considerarlo un ataque a la democracia ya que es el sistema que usan, por ejemplo, en el Reino Unido y jamás me atrevería a considerarlo menos democrático que España.
Lo más llamativo, no obstante, no ha sido la inconsistencia de las críticas, sino su origen. Me esperaba legiones de peperos y sociatas defendiendo su honorabilidad y, de paso, su negociete. No me ha parecido apreciar ninguno. Apuntaban más bien a miembros de IU. Me ha costado entenderlo. ¡Pero si les da la razón!¡Si no se refiere a ellos sino a los partidos que han gobernado desde la transición!¡Pero si carga contra sus adversarios políticos! ¡Pero si dice lo mismo que No les votes o el 15M! ¡Movimientos a los que se han acercado! ¿A qué venía tanta saña?
Pues ya que se prodigaban tanto en juicios de intenciones he trazado mi particular hipótesis: Aprecio una agresividad desmedida por un mero artículo d prensa, probablemente provocada por el temor de un partido minoritario al sistema mayoritario, lo que le puede hacer perder representación. Pero entonces me azota una duda: ¿La representación en las instituciones es un medio o un fin para un partido honorable que aspira a transformar la realidad? IU, y menos en el actual contexto, no debe aspirar a tener la misma nula capacidad de influencia que en las últimas elecciones, sino su propósito debe ser alcanzar el poder para cambiar alguna que otra cosa, para poder plasmar su proyecto político. El sorpasso del que hablaba Anguita. Vamos, digo yo. Si no, ¿Para qué se presentan? ¿No será que se conforman con una posicion electoral marginal que les permita mantener cierto puñadito de diputados tranquila y cómodamente en la oposición? Mi hipótesis, entonces, sería un juicio de intenciones aún más cruel, no sólo son efectivamente de la misma clase política, sino que encima se venden por las migajas que le dejan los demás.
lunes, 10 de septiembre de 2012
miércoles, 25 de julio de 2012
La mentalidad imperialista
No creo que sea necesario añadir nada a esta comparación:
- “Creo que nuestro país es la mayor fuerza de bondad que el mundo haya conocido jamás y que nuestra influencia es más necesaria ahora que nunca”.
Mitt Romney (1947- ) Candidato del Partido Republicano a la presidencia de los EE.UU.
Fuente: El País
- " La Gran Bretaña es, después de la Providencia, la fuerza bienhechora más grande del mundo".
Lord Curzon (1859-1925) Virrey de la India
Fuente: José Luis Comellas: Los grandes imperios coloniales. Madrid, Ed. Rialp, 2001. Página 58.
sábado, 21 de julio de 2012
Democracia, dicen
La actual crisis está dejando al descubierto las mentiras sobre las que se asienta nuestra sociedad: democracia y libre mercado. Karl Marx ya expuso con la clarividencia que le caracterizaba que la ideología es una falsa conciencia, un conjunto de ideas y valores falsos que maquillan y justifican el dominio de los unos sobre los otros.
A la hora de la verdad, cuando las cosas van mal dadas, quedan patentes cuáles son las prioridades. Los sucesivos gobiernos de Zapatero y Rajoy se han centrado en evitar que quebraran diferentes entidades bancarias que habían seguido arriesgadas estrategias de negocio, empujadas, beneficiándose y generando la burbuja inmobiliaria que nos ha llevado a la situación en la que nos encontramos. Para evitar el colapso de esas entidades financieras, el Estado les ha estado aportando - y lo que te rondaré morena- ingentes sumas de dinero público.
Y como no hay pasta, se saca de todas partes, mostrando sin ningún asomo de dudas, las prioridades gubernamentales: subir el IVA y el IRPF -nada de subir impuestos al capital, desde luego-, recortar sueldos de los funcionarios, pensiones, prestación de desempleo, recortar servicios públicos, etcétera, etcétera. Por supuesto, eso no es suficiente y el Estado ha tenido que endeudarse muchísimo generando un enorme sinsentido: financiar el sistema financiero a un interés menor de la deuda que adquiere el Estado con el sistema financiero para financiarlo. Digno de otro Marx: Groucho y sus hermanos.
La democracia es el bello ideal del poder del pueblo. Pues bien, todo esto se ha hecho de espaldas al conjunto de los ciudadanos. No ya sin permitir escoger, sino sin explicar las consecuencias. Como si fuera totalmente inevitable. Pero, ¿lo es?
Por supuesto que es evitable. Y no sólo eso, sino que sería mucho más justo y consecuente. Absolutamente todos los españoles estamos pagando - y con especial virulencia los que menos han tenido que ver con el asunto- las malas decisiones empresariales de unas cuantas -muchas e importantes, es cierto- entidades privadas. La ideología -ya sabemos, la falsa conciencia- capitalista se fundamenta en el libre mercado competitivo en el que quien no es rentable, el que pierde pasta, quiebra. Eso es así para el Bar Pepe, la Inmobiliaria Timo's y tantísimos otros. Pero se ve que no, ni de coña, para Bankia o Catalunya Caixa. Me gustaría saber por qué no protestan enérgicamente el Banco Santander y La Caixa por semejante ayuda a su competencia. Se alega, con razón, de que el sector financiero es estratégico y de interés general para un país. Desde luego. Por eso mosquea que el regulador del sector, el Banco de España, y el poder ejecutivo y legislativo, es decir, PPSOE, hayan permitido tanto mal negocio. Y que se vayan todos los implicados de rositas, con suculentas indemnizaciones.
En resumidas cuentas, ni se respeta la voluntad de la mayoría ni las leyes del mercado. ¿Por qué tantas transgresiones subversivas del teórico orden imperante? ¿Qué pasaría realmente si se dejara quebrar a los bancos? Quizá lo acabemos viendo porque la situación no para de empeorar. No soy economista, craso error por mi parte, pero se me ocurre que la situación razonable hubiese sido que el Banco de España hubiese obligado a cerrar a los bancos antes de que no pudiesen garantizar los depósitos, es decir, las cuerntas corrientes de los clientes. Liquidar el negocio, la peña que invirtió en esos productos financieros tan lucrativos, planes de pensiones, plazos fijos y demás, pierden dinero, los directivos responsables se les exigen responsabilidades por su mal trabajo y se hacen los cambios legislativos necesarios para que no vuelva a pasar. Es decir, perdería mucho dinero mucha gente, sin duda, pero los que se han beneficiado del tinglado. El panorama económico español estaría chungo, por supuesto, pero no acierto a ver por qué este panorama sería peor que el actual. Agradecería que algún bondadoso economista me aclarase las consecuencias. Y sobre todo, no acierto a comprender por qué, ya que esto es una democracia, no se nos da a los ciudadanos españoles la posibilidad de escoger opciones tras una buena información.
Si las pasadas elecciones hubiesen sido legítimas, los partidos políticos nos hubiesen explicado el panorama y nos hubiesen ofrecido alternativas. Por un decir, PP rescate a la banca, PSOE que se hunda. Pero no, ambos nos ofrecen, con insignificantes matices, la misma receta. Hemos vuelto políticamente a finales del siglo XIX, a los tiempos de la Restauración, donde dos partidos, el liberal y el conservador, se intercambiaban el poder en ejercicios de caciquismo. Y la involución también va a ser social.
¿A qué se debe? A que todo es mentira. Democracia, libre mercado son sólo hermosas mentiras que velan la realidad: la lucha de clases o más bien el imperio de una clase sobre el resto: la capitalista. Y no, no es la que tiene los medios de producción, sino la que dispone de los medios de financiación. Es gracias a la lucha de clases que se logró el Estado de Bienestar, pero la clase trabajadora se acomodó, confió en partidos de traidores y gozó del consumismo desenfrenado. Y la clase media se dejó seducir con el señuelo de la rentabilidad de los productos financieros. Pero el verdadero beneficiado del sistema es el rentista, que apenas paga impuestos y al que, a pesar de haberse beneficiado de la burbuja inmobiliaria, no se le está haciendo pagar la crisis.
Pero aún nos consienten depositar nuestro voto cada cuatro años. No nos podemos permitir seguir dejándoles hacer. Los perjudicados por este statu quo, que somos la inmensa mayoría, tenemos que implicarnos con nuestro propio porvenir. Y no ejerciendo de súbditos que ruegan un poco de clemencia en manifestaciones más parecidas a procesiones rogativas para que llueva. Hay que aspirar a hacer cierto el bello ideal de la democracia, del poder del pueblo. Hay que ejercer de ciudadano y construir alternativas que verdaderamente nos representen a los que somos mayoría. Hay que cambiar el sistema, estableciendo verdaderos controles al sistema financiero, imponiendo una tributación justa y efectiva a la economía financiera y especulativa. Hay que estructurar el Estado para que sea una maquinaria pensada para la prestación de los servicios públicos. Hay que construir, en definitiva, partidos políticos realmente democráticos, que no sean el instrumento de unos cuantos vividores.
A la hora de la verdad, cuando las cosas van mal dadas, quedan patentes cuáles son las prioridades. Los sucesivos gobiernos de Zapatero y Rajoy se han centrado en evitar que quebraran diferentes entidades bancarias que habían seguido arriesgadas estrategias de negocio, empujadas, beneficiándose y generando la burbuja inmobiliaria que nos ha llevado a la situación en la que nos encontramos. Para evitar el colapso de esas entidades financieras, el Estado les ha estado aportando - y lo que te rondaré morena- ingentes sumas de dinero público.
Y como no hay pasta, se saca de todas partes, mostrando sin ningún asomo de dudas, las prioridades gubernamentales: subir el IVA y el IRPF -nada de subir impuestos al capital, desde luego-, recortar sueldos de los funcionarios, pensiones, prestación de desempleo, recortar servicios públicos, etcétera, etcétera. Por supuesto, eso no es suficiente y el Estado ha tenido que endeudarse muchísimo generando un enorme sinsentido: financiar el sistema financiero a un interés menor de la deuda que adquiere el Estado con el sistema financiero para financiarlo. Digno de otro Marx: Groucho y sus hermanos.
La democracia es el bello ideal del poder del pueblo. Pues bien, todo esto se ha hecho de espaldas al conjunto de los ciudadanos. No ya sin permitir escoger, sino sin explicar las consecuencias. Como si fuera totalmente inevitable. Pero, ¿lo es?
Por supuesto que es evitable. Y no sólo eso, sino que sería mucho más justo y consecuente. Absolutamente todos los españoles estamos pagando - y con especial virulencia los que menos han tenido que ver con el asunto- las malas decisiones empresariales de unas cuantas -muchas e importantes, es cierto- entidades privadas. La ideología -ya sabemos, la falsa conciencia- capitalista se fundamenta en el libre mercado competitivo en el que quien no es rentable, el que pierde pasta, quiebra. Eso es así para el Bar Pepe, la Inmobiliaria Timo's y tantísimos otros. Pero se ve que no, ni de coña, para Bankia o Catalunya Caixa. Me gustaría saber por qué no protestan enérgicamente el Banco Santander y La Caixa por semejante ayuda a su competencia. Se alega, con razón, de que el sector financiero es estratégico y de interés general para un país. Desde luego. Por eso mosquea que el regulador del sector, el Banco de España, y el poder ejecutivo y legislativo, es decir, PPSOE, hayan permitido tanto mal negocio. Y que se vayan todos los implicados de rositas, con suculentas indemnizaciones.
En resumidas cuentas, ni se respeta la voluntad de la mayoría ni las leyes del mercado. ¿Por qué tantas transgresiones subversivas del teórico orden imperante? ¿Qué pasaría realmente si se dejara quebrar a los bancos? Quizá lo acabemos viendo porque la situación no para de empeorar. No soy economista, craso error por mi parte, pero se me ocurre que la situación razonable hubiese sido que el Banco de España hubiese obligado a cerrar a los bancos antes de que no pudiesen garantizar los depósitos, es decir, las cuerntas corrientes de los clientes. Liquidar el negocio, la peña que invirtió en esos productos financieros tan lucrativos, planes de pensiones, plazos fijos y demás, pierden dinero, los directivos responsables se les exigen responsabilidades por su mal trabajo y se hacen los cambios legislativos necesarios para que no vuelva a pasar. Es decir, perdería mucho dinero mucha gente, sin duda, pero los que se han beneficiado del tinglado. El panorama económico español estaría chungo, por supuesto, pero no acierto a ver por qué este panorama sería peor que el actual. Agradecería que algún bondadoso economista me aclarase las consecuencias. Y sobre todo, no acierto a comprender por qué, ya que esto es una democracia, no se nos da a los ciudadanos españoles la posibilidad de escoger opciones tras una buena información.
Si las pasadas elecciones hubiesen sido legítimas, los partidos políticos nos hubiesen explicado el panorama y nos hubiesen ofrecido alternativas. Por un decir, PP rescate a la banca, PSOE que se hunda. Pero no, ambos nos ofrecen, con insignificantes matices, la misma receta. Hemos vuelto políticamente a finales del siglo XIX, a los tiempos de la Restauración, donde dos partidos, el liberal y el conservador, se intercambiaban el poder en ejercicios de caciquismo. Y la involución también va a ser social.
¿A qué se debe? A que todo es mentira. Democracia, libre mercado son sólo hermosas mentiras que velan la realidad: la lucha de clases o más bien el imperio de una clase sobre el resto: la capitalista. Y no, no es la que tiene los medios de producción, sino la que dispone de los medios de financiación. Es gracias a la lucha de clases que se logró el Estado de Bienestar, pero la clase trabajadora se acomodó, confió en partidos de traidores y gozó del consumismo desenfrenado. Y la clase media se dejó seducir con el señuelo de la rentabilidad de los productos financieros. Pero el verdadero beneficiado del sistema es el rentista, que apenas paga impuestos y al que, a pesar de haberse beneficiado de la burbuja inmobiliaria, no se le está haciendo pagar la crisis.
Pero aún nos consienten depositar nuestro voto cada cuatro años. No nos podemos permitir seguir dejándoles hacer. Los perjudicados por este statu quo, que somos la inmensa mayoría, tenemos que implicarnos con nuestro propio porvenir. Y no ejerciendo de súbditos que ruegan un poco de clemencia en manifestaciones más parecidas a procesiones rogativas para que llueva. Hay que aspirar a hacer cierto el bello ideal de la democracia, del poder del pueblo. Hay que ejercer de ciudadano y construir alternativas que verdaderamente nos representen a los que somos mayoría. Hay que cambiar el sistema, estableciendo verdaderos controles al sistema financiero, imponiendo una tributación justa y efectiva a la economía financiera y especulativa. Hay que estructurar el Estado para que sea una maquinaria pensada para la prestación de los servicios públicos. Hay que construir, en definitiva, partidos políticos realmente democráticos, que no sean el instrumento de unos cuantos vividores.
domingo, 15 de julio de 2012
La religión y el juego
Piénsese un momento en la gradación siguiente. El niño juega con una seriedad perfecta y, podemos decirlo con pleno derecho, santa. Pero juega y sabe que juega. El deportista juega también con apasionada seriedad, entregado totalmente y con el coraje del entusiasmo. Pero juega y sabe que juega. El actor se entrega a su representación, al papel que desempeña o juega. Sin embargo, "juega" y sabe que juega. El violinista siente una emoción sagrada, vive un mundo más allá y por encima del habitual y, sim embargo, sabe que está ejecutando o, como se dice en muchos idiomas, "jugando". El carácter lúdico puede ser propio de la actividad más sublime. ¿No podríamos seguir hasta la acción cultual y afirmar que el sacerdote sacrificador, al practicar su rito, sigue siendo un jugador? Si se admite para una sola religión, se admite para todas. Los conceptos de rito, magia, liturgia, sacramento y misterio entrarían, entonces, en el campo del concepto de "juego".
Johan Huizinga: Homo ludens. Madrid, Alianza Editorial, 2010. Pag. 33-34.
Johan Huizinga: Homo ludens. Madrid, Alianza Editorial, 2010. Pag. 33-34.
viernes, 13 de julio de 2012
¡REVOLUCIÓN!
Sociedad acomodaticia la nuestra. Formados como nunca, conocedores de innumerables ejemplos revolucionarios a través de la Historia, cargados de motivos e instrumentos para la Revolución y aún andamos con mentalidad de súbditos, rogando clemencia al poder. La democracia no reside únicamente en las instituciones, sino fundamentalmente en la actitud de los ciudadanos, ejerciendo su papel de miembros activos de una comunidad política.
Como rezaba cierta olvidada canción: Ni en dioses, reyes, ni tribunos está el supremo salvador. Nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor.
Se trata de construir un proyecto con un programa concreto, algo parecido a esto, con la intención de tomar el poder para aplicarlo. La Historia está cargada de ejemplos para inspirarse, aprendiendo de sus errores, por supuesto. Pero en teoría ahora no hace falta ocupar palacios de invierno.
Como rezaba cierta olvidada canción: Ni en dioses, reyes, ni tribunos está el supremo salvador. Nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor.
Se trata de construir un proyecto con un programa concreto, algo parecido a esto, con la intención de tomar el poder para aplicarlo. La Historia está cargada de ejemplos para inspirarse, aprendiendo de sus errores, por supuesto. Pero en teoría ahora no hace falta ocupar palacios de invierno.
miércoles, 9 de mayo de 2012
El Estado sin Bienestar
Una crisis
financiera sistémica más o menos fuerte, pero, como ya advirtió
Engels, cíclica y consustancial al capitalismo, está sirviendo como
coartada para el desmantelamiento del Estado de Bienestar.
Indudablemente, el Estado de Bienestar no es la causa de la crisis ni
su reducción la solución. Nos encontramos más bien ante la
consumación de una amenaza persistente enunciada constantemente por
expertos interesados que predicaban su inminente insostenibilidad.
Cuesta hacer creer que lo que era viable en Europa en los años 60
deje de serlo ahora con el evidente crecimiento de la productividad
habido desde entonces. El envejecimiento de la población quizá
resulte más plausible, pero el aumento de la población activa con
la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral invalida el
planteamiento.
Realmente, no hay
que darle muchas vueltas a estas cuestiones, porque no se trata de
factores económicos ni demográficos, sino mayormente políticos.
Nos encontramos en una etapa clave en la escalada de la desigualdad
de la distribución de la riqueza comenzada desde la crisis del
petróleo de 1973. Esta escalada es consecuencia de la paulatina
pérdida de la progresividad fiscal y de la desregulación del
mercado financiero que, éste sí, es uno de los principales
culpables de la dichosa crisis. La cuestión es que cada vez han ido
teniendo menos relevancia las rentas del capital en la recaudación
impositiva respecto a las del trabajo, lo cual sumado a la mencionada
desregulación y al dinero barato nos ha llevado a la crisis de
marras. Es decir, en realidad, la crisis tiene un origen político a
la hora de generar ese marco propicio para las burbujas financieras.
Pero no nos desviemos de la cuestión. Decíamos que la crisis del 73 se saldó con una progresiva escalada en la desigualdad, fundamentalmente de base fiscal. La actual crisis parece que cuenta con el firme propósito de ir un paso más allá: fagocitando el Estado de Bienestar. Ante la perspectiva de la fulminación o degradación total del Estado de Bienestar, por no hablar de la reducción de los derechos laborales, cabrá que la mayoría de los ciudadanos que vivimos esencialmente de nuestro trabajo nos planteemos para qué narices queremos un Estado que únicamente vela por la propiedad y el mantenimiento del orden social y económico establecido. Obviamente, para muy poca cosa, por lo que habrá poco que perder. Vamos, que nuevamente un fantasma deberá recorrer Europa.
El Estado de
Bienestar es producto de un feliz pacto por el cual se reconocía el
capitalismo como única perspectiva económica a cambio de una serie
de mecanismos redistributivos que permitieran ciertos grados de
igualdad de oportunidades a través de lo que se ha llamado Estado de
Bienestar. Por supuesto, este modelo de sociedad presenta muchas más
ventajas, como son múltiples grados de estabilidad, meritocracia,
innovación que no sólo consagra una sociedad más justa sino, de
hecho, una economía más innovadora, estable y rica. Pero, a su vez,
más competitiva en su escalafón más alto, ya que la gran movilidad
social que genera no facilita mantener el estatus social si no eres
siempre el mejor. Es decir, es un modelo que teóricamente facilita
el hacerse rico pero no tanto el vivir de las rentas. Poniendo
ejemplos burdos pero muy representativos, un modelo que facilita Ikea
penalizando a la Duquesa de Alba.
Este admirable
pacto ya agonizante no fue fruto del convencimiento, sino de un
contexto político muy diferente al actual: la Guerra Fría.
Ciertamente, el orden económico establecido, el capitalismo, tenía
una amenaza muy visible en la URSS y en la más que factible
expansión comunista en la Europa de postguerra. De este temor surgió
lo que no dejaba de ser una componenda, un arreglo incómodo forzado
por las circunstancias: el Estado de Bienestar. De esta componenda
surgió, pues, un modelo de éxito, muy popular y capaz de generar
importantes consensos. De hecho, una convención bastante extendida
durante todos estos años es la práctica desaparición de la
diferencias entre la izquierda y la derecha por la adquisición de
fundamentales consensos en lo que se refiere al modelo de sociedad,
reconociéndose generalmente, con mayor o menor entusiasmo por cada
una de las partes, el capitalismo, la democracia y el Estado de
Bienestar. Por este motivo, liquidar el Estado de Bienestar no es una
tarea sencilla que se pueda llevar a cabo de un plumazo. Eliminada la
amenaza soviética que justificaba el Estado de Bienestar, acabar con
éste requería de tiempo y de la ocasión propicia de desesperación
generalizada que permitiera la aceptación de su fin.
El proceso, como
decíamos, comenzó con la crisis de 1973, a partir de la cual las
grandes fortunas y el capital empezaron a dejar de tributar, dejando
cada vez más el esfuerzo impositivo sobre las espaldas de las rentas
del trabajo. Con la crisis actual, estamos viendo como se liquida el
Estado de Bienestar, es decir, pensiones, educación, sanidad... y
con el dinero ahorrado se sostiene, ostensiblemente, el sistema
financiero. Es decir, constatamos, sin el estupor que se merece, cómo
el Estado pasa de ser un agente redistributivo que facilita la
igualdad de oportunidades, a ser un agente redistributivo que
garantiza las inversiones financieras privadas. Y pagado por las menguantes rentas del trabajo. Ante esta situación asombrosa, los que únicamente tenemos nuestro trabajo sólo
nos podemos preguntar por qué mantener este Estado, qué sentido
puede tener sostener el Estado sin Bienestar.
martes, 1 de mayo de 2012
La crisis
Desde 1825, año en que estalló la primera crisis general, el mundo industrial y comercial, la producción y el comercio de los pueblos civilizados y de sus anejos más o menos bárbaros, se deteriora cada diez años aproximadamente. El comercio se detiene, los mercados están atestados, los productos son tan abundantes como invendibles; la moneda se oculta, el crédito se desvanece, las fabricas se cierran, la población obrera se encuentra desprovista de medios de subsistencia por haberlos producido antes en exceso, las bancarrotas se suceden, lo mismo que las ventas a precios ínfimos.
F. Engels
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