viernes, 11 de noviembre de 2011
Ni así se lo pusieron a Felipe en el 82
Por supuesto, el PP no está haciendo una campaña brillante, en esto la metáfora del Barça flojea, pero sí que se comporta, comprensiblemente, por otro lado, como un equipo que va ganando de goleada: no arriesga, ni puta falta que le hace, y no sólo por los 5 millones de parados y en general la pésima labor del gobierno de Zapatero. Sino porque el resto lo hace tan rematadamente mal, que no dan la más mínima gana de llrgar a plantearte el votarles, a pesar de las desesperadas ganas que podemos llegar a tener de votar algo diferente.
Solo viendo los carteles con los que empapelan las calles el panorama es desolador. Son tan incomprensibles que a uno le asoma la duda de si son genialidades de vanguardia que una mente antigua como la mía no sabe captar o sencillamente son una bazofia incapaz de disimular tan siquiera un poco la falta de mensaje. Te entran ganas de suplicarle a los políticos, por una vez, que nos mientan, que nos digan algo esperanzador.
Voy a hacer un repaso a los partidos catalanes que son los que yo veo en la calle. Si en algo es Cataluña una nación es en su catálogo de partidos, uno de los triunfos de Pujol que si no he explicado anteriormente, ya lo haré.
PSC (no confundir con PSOE, partido con el que comparte grupo parlamentario en el Congreso): Son grandiosos, ellos oyen llover, no se dan cuenta que han perdido un poquitín de nada de confianza entre su electorado. No les afecta que 2/3 partes de sus votantes no piense repetir ni jartos vino. Están encantados con una fórmula que les ha ido de rechupete en los últimos años, aclarar que el PP es peor. Las constantes improvisaciones del gobierno de Zapatero y lo mal que han ido podrían haberles hecho pensar que quizá tenían que haber planteado un proyecto político estructurado e ilusionante. Pero ya se sabe que los políticos se dejan llevar por la máxima de más vale malo conocido que bueno por conocer. El problema es que los ciudadanos lleguen a pensar que peor de lo que hacen estos, no se puede hacer. Y encima, un lema como Per a Catalunya no és el mateix Rajoy que Rubalcaba invita a reflexiones políticas del tipo per a Catalunya no sé, però per a mi sí; o aun peor para los intereses socialistas, no, no són el mateix, Rubalcaba és encara pitjor.
Con todo, esto no es lo más incomprensible de los carteles del PSC. Lo más incomprensible son las fotos de las pancartas de las farolas. Me gustaría que quien haya ideado esta campaña me las explicara. Son fotos casuales de Carme Chacón, imagino que para hacerla más próxima (cuando lo que tendrían que hacer es aparentarla competente) y por un motivo que se me escapa las han hecho en blanco y negro. ¿Para remarcar sus incipientes arrugas? ¿Para mostrarla como algo antiguo y caduco?¿Para inducir melancolía? Ni idea. Pero lo incomprensible de estas fotos no se queda aquí. Son fotos que las han partido para que ocupen las dos banderolas que se ponen en las farolas. Una la ocupa nuestra querida Carme, la otra el resto de la foto que los fotógrafos y diseñadores clásicos desecharían. Así, aparece toda una banderola (que cuestan una pasta) para un coche que pasaba por ahí en la foto (encima, de época, lo cual añade confusión y melancolía), una mano cortada de no se sabe quién, que resulta ante todo fantasmagórico.... ¡Como si la última legislatura socialista hubiese generado poco pavor!
CiU: Después de alguna campaña que iba más de innovadora, en esta intentan dar una imagen más clásica, pero sin lograr hacer comprensible su mensaje. En un fondo de senyeres rebosantes, cómo no, te ponen dos tipos de perfil egipcio con el lema La nostra força. Debajo, en pequeño, te ponen Duran i Lleida, haciendo dudar al más distraído: ¿Cuál es Duran y cuál Lleida? Después de esa incertidumbre, te asalta la siguiente. ¿Cuál es vuestra fuerza? ¿ Ese dúo, Duran y Lleida? ¿Las senyeres? ¿Son Jedis? Y entonces te los imaginas viendo una peli de la Guerra de las Galaxias, por eso ese perfil, y los empiezas a visualizar con gafas 3D. después de reirte un rato, ya en serio, te preguntas, bueno, de qué van estos, ¿Se van a poner a repartir ostias o qué? Es difícil animar al voto con un cartel así. De hecho, ya ni piden el voto ¿será por el descrédito de la política?
ERC&friends: Luego dirán de la aritmética variable de Zapatero, pero lo de ERC es digno de estudio. En cada elección se presentan en coalición con un partido independentista diferente. ¿Los motivos? Ni idea. Dudo que su electorado lo sepa tampoco. Tampoco importa mucho, estos van a tiro fijo, tienen una idea y la explotan hasta el límite. Lo que pasa es que con una sola idea hacer campañas y que no parezcan siempre la misma es difícil. ¿Qué más da? me digo yo, pero entiendo que para los expertos en comunicación que contrate ERC no es lo mismo de cara a justificar una minuta. Así que en esta campaña han rizado su idea hasta hacerla ininteligible. En un lado te ponen La Comunitat Autònoma del no con los colores del Rayo Vallecano o de las señales de tráfico de salida de población. En otro lado te ponen La República del sí, con los colores de ERC. ¿Qué significa? Obviamente nada. Pero los expertos en semiótica que han sableado a ERC seguramente les habrán colado chorradas de asociaciones primarias, es decir, les han animado a tratar a los votantes como imbéciles: Cumunidad Autónoma maaaaaaalo, República bueeeeeeeeeno. Yo me lo imagino con las voces de Epi y Blas.
ICV-EUiA-RFATHVJRBYTW%QGQTW@GHBVFL: O para los despistados, los d'esquerres i ecologistes de debó. Para lema gastado este, pero va aguantando el tirón, total, para unos mozos que con estar por ahí ya están satisfechos, pues lo van reciclando constantemente, ignoro si por eso de ser ecologistas.
Con todo, para esta campaña han creado uno más sorprendente: I a sobre ens hem de callar! Acompañado del inexpresivo y enorme rostro de Joan Coscubiela. A mí me intimida un poco, la verdad. Cada vez que paso por la calle y lo veo me entran ganas de decirle ¡No, por Dios, hable usted! Me gustaría saber las vueltas que le dieron a este lema, porque me parece una parida sin sentido. Es evidente que intenta sin apenas disimulo apelar al movimiento 15M, pero confunde la indignación con el mero berrinche y lo que es peor, se centra en el lado emocional negativo y no en lo que le toca a un partido político en elecciones, que no es otra cosa que proponer algo. ¡No es tanto pedir, jo! Que la gente esté cabreada es comprensible, que lo esté un partido político y lo use como baza electoral, pues espanta.
Aparte, los muchachos d'esquerres i ecologistes de debó cometen una flagrante injusticia: nadie les impide largar todo lo que les dé la gana, su libertad de expresión no está en entredicho, de hecho, una campaña electoral es el medio para que puedan decir lo que les plazca. Cosa que, por cierto, no pueden disfrutar otros partidos más pequeñitos y con menos privilegios que tal vez, solo tal vez, sí tengan ganas de proponer algo y no ir de victimillas por la vida.
Total, que luego ves los carteles del PP, que te dicen cosas sencillas y comprensibles como súmate al cambio o por el empleo, más manidas y sobadas que un pésame, pero que es lo que la peña quiere oír: cambio y empleo, así de sencillo. Cosas positivas, esperanzadoras, en definitiva, que estamos en campaña, promesas. Y aunque vaya acompañada de la cara inquietante de Rajoy (pobre fotógrafo, pedirle un imposible), al lado de los otros carteles resulta edificante y tranquilizador. Luego, el resto de lumbreras se rasgarán las vestiduras por el triunfo arrollador del PP. ¡Si es que no habéis parado de meteros goles en propia!
En definitiva, esta campaña más que animar al voto, lo que hace es desmoralizarlo, desinteresar a la peña de la política y engrosar las filas de la abstención. ¿Querrán acaso el resto de partidos secretamente que gane el PP de paliza para no tener que enmerdarse implicándose con el gobierno, en vistas de lo chunga que está la cosa? Sería lo más comprensible.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
La formidable revolución del 3D
Hemos ido al cine después de muchos años, tantos, que la última vez todavía no había asomado la patita el fenómeno - la revolución, dirán sus más osados publicistas- del 3D. Desde Avatar, parece ser que toda película que aspire a ganar dinero tiene que contar con estos efectos. Tanta explosión 3D podía llegar a hacer pensar que estábamos ante una innovación del calibre del cine sonoro o en color. Así que me he puesto las gafas de Buddy Holly con buena disposición, ahora bien, sin fliparme, consciente de que lo de 3D es publicidad engañosa, que la proyección seguiría siendo, obviamente, en 2 dimensiones como toda la santa vida, pero con algún efecto óptico sorprendente en los momentos más agetreados. Si lograran realmente 3 dimensiones sí que sería una revolución.Bueno, pues ni eso. Tanta ostia por una vaga sensación de profundidad forzada, que no sólo te obliga a cargar con unas gafotas -que pagas-, sino que empeora la fotografía de la película creando unos falsos espacios o, más bien, una extraña superposición de capas que más que dar mayor sensación de realismo precisamente genera lo contrario, una sensación de montaje cutre, inverosímil, plano. Recuerda los primeros intentos de la pintura del Quattrocento de dar sensación de profundidad con la perspectiva -sin necesidad de gafas-, en los que se notaba mogollón el burdo truco de las líneas convergentes y que no lograba crear un verdadero volumen.

Ignoro si la Historia del Arte ha registrado las burlas de los coetáneos a Fra Angelico o Paolo Uccello a las limitaciones de la incipiente técnica de la perspectiva, pero hay que reconocer que no se tardó en perfeccionar la técnica, por lo que tampoco voy a ser demasiado cruel. Vete a saber si yo en la baja edad media hubiese desanimado a los innovadores y hubiesen seguido haciendo vírgenes en pan de oro.
Ahora, hay que reconocer que los artistas del renacimiento tenían publicistas igual de buenos que los del cine 3D, así que confiemos que cuenten también con una evolución paralela.
domingo, 2 de octubre de 2011
SOBRE LA IZQUIERDA Y LA DERECHA
Un debate político bastante recurrente hoy en día es el de las diferencias entre izquierda y derecha, si existen y en qué se fundamentan. Un debate que puede tener cierto componente semántico banal pero que tiene su relevancia porque permite definir orientaciones políticas en un momento en el que todos estamos probablemente bastante desorientados políticamente hablando.
Sin lugar a dudas, la dicotomía izquierda/derecha es un convencionalismo político característico de las democracias liberales que proveniene de la Revolución Francesa, pero encierra una realidad bastante palpable, o dicho de otra forma, sigue siendo, a pesar de todo, útil para describir a los partidos políticos. Conceptualmente, a pesar de los prolijos debates que se van generando, la diferencia es muy sencilla y realmente no ha variado en doscientos años: la izquierda representa la igual libertad de todos los individuos y la derecha el mantenimiento de un statu quo, de un orden establecido en el que, ciertamente, algunos grupos cuentan con determinadas ventajas. Se puede extrapolar sin demasiadas complicaciones a la dualidad conservador-progresista.
Se argumenta, con bastante perspicacia, que este planteamiento denota un trasfondo tendencioso que esconde una suposición de superioridad moral por parte de la izquierda. Desde luego, uno de los vicios más persistentes y contraproducentes de mucha pretendida izquierda es el de la pretensión de superioridad moral. Pero este planteamiento, si algo transmite es precisamente cierto complejo de inferioridad de la derecha que tampoco es útil porque nos hurta un punto de partida fundamental en la deliberación política. La derecha no ha de tener complejos de defender el statu quo que representa, no solo porque nos clarifica a todos los ciudadanos el debate político, sino porque es legítimo defender los intereses específicos y, en definitiva, los beneficios del orden que se ha ido estableciendo en el transcurso de la historia. Dicho de otra forma, la sociedad está tejida de multitud de intereses que resulta perfectamente legítimo que se pretendan conservar y estos intereses se manifiestan en diversos niveles. No sólo hablamos de grandes financieros o grandes poderes fácticos, sino de un sistema en el que mucha gente está implicada a través de la propiedad de un piso, la posesión de un plan de ahorro, la pertenencia a determinado colectivo o incluso el empleo en tal o cual sector.
Y es que, al fin y al cabo, a pesar del aumento de las desigualdades en el último cuarto de siglo, la sociedad actual ha cambiado mucho respecto a la del siglo XIX. Ha habido un progreso que en cierta medida ha logrado constituir un sistema que más o menos ha permitido un espacio para todos, a través de acuerdos o componendas asumidos mayoritariamente que nos han alejado de posicionamientos maximalistas radicalmente opuestos, razón por la cual la arena política está dominada hoy en día por partidos de centro-izquierda y de centro-derecha. Sin duda, es muy osado pretender que el PP resulte una derecha radical o pura y dura como lo significaba la CEDA de la misma forma que no se puede comparar a IU con el PCE o el PSOE de la II República.
Así pues, una de las grandes complicaciones de la distinción izquierda/derecha es que la derecha tiene grandes prevenciones a reconocerse como tal, tanto por la derrota en el campo de los símbolos respecto a la izquierda como el pudor a reconocer los intereses que defiende. Porque, evidentemente, de la misma forma que hay multitud de intereses, es comprensible que haya diferentes derechas. En España, al menos, sólo la derecha que reposa sobre el tradicionalismo o, si se prefiere, sobre la tradición de derechas, no esconde su condición, aunque en ocasiones procure simularla con eufemismos como centro reformista. Otros intereses, como los de la pequeña burguesía catalana, se ocultan en torno a etiquetas inteligente y deliberadamente confusas como las que proporciona la amalgama nacionalista de CiU o los aún más flagrantes intereses de la clase media catalanoparlante entorno a una pretendida izquierda republicana. Por no hablar del complejo conglomerado de intereses que representa el actual PSOE. Es decir, uno de los grandes inconvenientes de la vigencia de la distinción entre izquierda y derecha radica, precisamente, del éxito simbólico de la izquierda, que la convierte en una utilísima herramienta electoral con la que confundir al electorado. El PSOE sobrevive haciendo creer que representa un proyecto de izquierdas, por lo que necesita escenificar su antagonismo con el PP, para lo cual ha mostrado hasta la fecha una gran maestría.
Ahora bien, el elemento probablemente más importante que difumina la distinción entre derecha e izquierda hoy en día es la incapacidad manifiesta de la izquierda de plantear un proyecto político definido. Ciertamente, desde la crisis de los setenta y la caída del Muro de Berlín, la izquierda no ha sabido adaptarse a los retos del momento. La izquierda para tener verdadera relevancia requiere un proyecto con capacidad de transformar la sociedad, sino, acaba convertiéndose en otro gestor de intereses como le ha sucedido de forma manifiesta al PSOE. Ello requiere una gran profundidad de análisis que está totalmente reñida con las posturas moralistas, reduccionistas y dogmáticas en las que fácilmente cae y que, en definitiva, fueron una de las fuentes del fracaso del comunismo. A su vez, requiere de un fuerte respaldo social, de una base que empuje y asegure que como partido sea un instrumento para la sociedad y no permita que el partido se convierta en un fin en sí mismo.
Sin duda, un partido político de izquierdas es algo difícil y en esencia algo excepcional. Pero, a la vez, en los tiempos críticos que corren, resulta algo imprescindible. Llevamos treinta años en los que las desigualdades aumentan y en la actual crisis económica se corre el gran riesgo de que se acreciente de forma insalvable. La izquierda debe aprender de los errores del pasado, irresponsabilidad, complacencia, devaneos totalitarios y dar respuesta a los acuciantes retos del presente, como son la profundización de la democracia y la limitación del imperio de la economía especulativa. No es fácil, no se puede esperar sentado a que lo hagan espontáneamente los grandes partidos establecidos, meras máquinas electorales para la gestión del poder, sólo podrá suceder si se pone al frente una masa crítica en torno a un proyecto definido y realista.
jueves, 17 de marzo de 2011
Un viatge al no res
Amb la nostra imaginació podem crear, podem veure, podem sentir tot el possible i l'impossible, tot el que els ulls de la cara ens mostren i tot el que els ulls de l'enteniment ens fan veure. Fins i tot el no res, el buit infinit a dins i a fora, que podem penetrar, visitar en un viatge iniciàtic.
No tinguem por. La vida ens porta a un milió de vides i la mort és i serà eternament, la creació contínua, l'energia renovada útil a l'Univers.
Al néixer emprenem el viatge. Que sigui una línia recta, monòtona i sense al·licients, o una espiral fantàstica plena de tots els somnisi de totes les realitats, només depèn de nosaltres mateixos. En això podem ben escollir.
Joan M. Mestre i Domènech. Un viatge al no res.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
La inestabilidad de lo políticamente correcto
Como una buena obra dramática, después del ascenso del héroe llega su caída. Y como no podía ser de otra manera, ésta también fue provocada por lo políticamente correcto: Neira fue condenado a 10 meses sin carné, 1.800 euros de multa y trabajos en beneficio de la comunidad por un delito contra la seguridad vial al conducir con un nivel superior al permitido de alcohol en sangre. Irremediablemente, había pasado de héroe a villano. Qué exigente es la moralina. Acto seguido, todo el mundo exige su dimisión y Esperanza Aguirre prepara su destitución. El profesor Neira, sin duda, puede haber cometido una cagada y como tal ha sido condenado por un juez, pero ya me dirán qué relación tiene la seguridad vial con la violencia doméstica y que no implica ningún tipo de inhabilitación para ocupar un cargo. Además, suena postizo en el PP cuando mantienen a un presidente de comunidad autónoma que ha cometido actos más indecentes y moralmente reprobables para su cargo como aceptar suntuosos regalos de una trama de corrupción (como mínimo).
En definitiva, se está instalando una moralina hipócrita y absurda que premia y penaliza ciertos comportamientos desmesuradamente mientras los partidos políticos insisten en su condescendencia con la corrupción y la incompetencia, ámbitos donde los ciudadanos, sin duda, agradeceríamos esa contundencia por parte de nuestros representantes.
domingo, 8 de agosto de 2010
La escopeta nacional (versión modernizada)
Ayer volví a ver la genial película de Luis García Berlanga La escopeta nacional en la que un industrial catalán, Jaime/Jaume Canivell, magistralmente interpretado por José Sazatornil, en el franquismo paga una cacería en la finca de un rancio aristócrata para poder contactar con un ministro para que le dé un trato de favor para poder colocar su producto, a lo cual accede no sin sacar tajada del asunto. Al final el ministro resulta destituido de su cargo por un adversario del Opus con el que el industrial puede de todas formas adquirir el trato de favor a cambio de acercarse a la obra.
La trama de corrupción que nos ilustra Berlanga en el franquismo me recuerda poderosamente el famoso caso del Palau, cambiando el núcleo de poder del nacionalcatolicismo al catalanismo. La comparación nos permite ver con diametral claridad las transformaciones meramente superficiales del sistema corrupto de confianzas y favores que se ha traspasado de uno al otro régimen.
Paradójicamente o no, el industrial catalán ha mutado en multinacional de la construcción con sede, mira tú por donde, en Madrid. Permite que el contraste idiomático del que hace gala en toda la película Jaime/Jaume Canivell se mantenga con la constructora madrileña. El aristócrata de la película, el Marqués de Leguineche es inmejorablemente substituido por Fèlix Millet, miembro de una saga de ilustres catalanistas (casualmente también colaboradores del franquismo, como nuestro entrañable industrial) que fundaron en 1891 la venerable institución catalanista l'Orfeó Català. La finca palaciega donde es organizada la cacería, pues, tendría un inmejorable sucesor en el preciosista Palau de la Música Catalana. El ministro franquista, sin lugar a dudas, tendría su alter ego en Daniel Osácar o en general cualquier representante de la fundación de Convergència. La duda radicaría si el recién nombrado ministro del opus sería substituido por alguien del tripartit, aunque la involucración de García Bragado o Antoni Castells, a pesar de no tener relación (conocida) con Canivell, perdón, con Ferrovial en la trama, bien realizaron tratos de favor para el Marqués de Leguineche, digo, Fèlix Millet.
La duda inquietante es si se ha materializado la famosa máxima de Lampedusa sobre los cambios de regímenes que rezaba si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie. Lo que diferencia a una democracia de una dictadura no es sólo que podamos escoger a los dirigentes, porque no se trata meramente de elegir quién nos va a robar. Como expuso Albert Rivera en la comisión parlamentaria de investigación del caso del Palau, en una democracia han de funcionar mecanismos de control público, intervención y gestión.
martes, 3 de agosto de 2010
El gobierno del camino fácil

Así pues, este gobierno ha sido una gran ocasión perdida. Pudo cerrar la estructura territorial del estado acometiendo una reforma verdaderamente federal pero prefirió dejarse llevar por sus promesas del aprobaré el Estatut que salga del Parlament de Catalunya. Llegó en la cresta de la ola de una economía exultante pero fundamentada en la especulación, era el momento propicio de dirigirla hacia un modelo más productivo, pero prefirió no tocar la gallina de los huevos de oro y vivir de las rentas.
De aquellos polvos, estos lodos. Nada ha cambiado, sólo las circunstancias. Sigue siendo un gobierno acostumbrado a contentar. Lo que pasa es que con la crisis ha cambiado el sujeto al que debe contentar. Le ha visto las orejas al lobo del mercado y para que no le paralice el crédito financiero no ha dudado en hacer lo que mejor sabe, contentarlo. Para ello ha reducido el gasto en lo que le ha sido más fácil y está abaratando el despido. Pretenderá con ello revestirse de sacrificado estadista y lo realizado de reforma estructural.
Grosera mentira que nos muestra una vez más la mediocridad de nuestros gobernantes. Sin lugar a dudas no ha realizado ningún cambio estructural, sino recortes severos para seguir capeando el temporal. El más ilustrativo es la llamada reforma laboral que tenemos ahora en proceso parlamentario. No es ni mucho menos una reforma estructural, estamos de nuevo ante la fácil y recurrente salida del abaratamiento del despido, medida habitual en este país que cuando llegue a ser gratis de tanto reducirlo, habrá que ver qué se les ocurre en la próxima ocasión.
Y todo ello, a pesar de haberse demostrado el abaratamiento del despido no ya inútil, sino contraproducente. España, con una caída del PIB similar a la de otros países de la UE, ha destruido cinco veces más empleo. Ello se debe, indudablemente, a la profusión de trabajo precario, a la temporalidad de los contratos, a la facilidad del despido, a la desidia, en definitiva, en la hora de potenciar verdaderamente el factor laboral en la economía española y, ello, de la mano de un partido que se hace llamar socialista obrero español. Mucho se ha hablado del modelo alemán y de economía sostenible, pero al final, siempre prevalece el camino fácil, para desgracia de los españoles.