El
régimen de la II Restauración borbónica que surgió de la
Transición está inmerso en una profunda crisis de la que todavía
está por dilucidar cómo se saldrá: con parches que le permita
mantenerse en esencia o con una profunda transformación que podamos
considerar que se ha cambiado de paradigma. El paralelismo con la que
protagonizaron Cánovas del Castillo y Sagasta, y que ya podemos
llamar I restauración borbónica, son evidentes: una aparencia de
democracia entorno a la alternancia entre Conservadores (PP) y
Liberales (PSOE) que escondía un sistema oligopólico. Por supuesto,
no podemos negar que aquel régimen era mucho más burdo y que el
actual, que ha brindado mayores garantías, pluralidad y bienestar,
pero la lógica de gestión del poder y la representatividad han sido
muy similares.
Sin
duda la II Restauración ha estado mejor construida, es indudable que
las instituciones son, formalmente, exquisitamente democráticas;
pero sobre ellas, como se hizo en la I Restauración, se ha
construido un régimen oligopólico, en el que los partidos han
sabido controlar todos los mecanismos del Estado de Derecho, con el
apoyo de los medios de comunicación que han ejercido su papel de
dirección de la opinión pública. De hecho, ha sido la acción
combinada de una mayúscula crisis cíclica capitalista que ha
desvelado la incompetencia generalizada del régimen y su nula
representatividad de los intereses de la ciudadanía, con la pavorosa
comprobación de la corrupción generalizada en la que se constata,
entre otras cosas, la connivencia entre los poderes fácticos y el
poder político, lo que ha producido esta crisis del régimen. Con el
tiempo, probablemente, descubriremos si no hay algo más que mera
coincidencia entre ambas circunstancias. Tanta concurrencia de
bochornosos casos de corrupción generalizada hace sospechar si se
debe a brutales guerras políticas en el seno del decadente régimen
o desesperadas cortinas de humo para esconder cuestiones esenciales a
la opinión pública, como la fiscalidad, la política inmobiliaria o
el Estado de bienestar.
La I
Restauración soportó mayor inestabilidad, particularmente desde
1898 y ya sabemos como desembocó: primero en la dictadura de Primo
de Rivera ante su incapacidad de mantener su orden y finalmente en su
total substitución por la oposición que se fue fraguando en sus
últimos treinta años: los republicanos.
Afortunadamente,
en el contexto actual es impensable una dictadura del estilo de Primo
de Rivera, si bien se puede considerar, salvando las distancias, que
bien puede ejercer su papel lo que hoy se llama un gobierno
tecnocrático. A nadie se le escapa que ésta puede ser una
salida del todo posible, sólo hay que ver las barbas del vecino
italiano (a las que, de hecho, ya se les echó un vistazo con Primo
de Rivera).
En la
I Restauración, pues, se requirieron 30 años para que pudiera
fraguar la alternativa republicana, independientemente de lo rápido
que fue eliminada por las armas, especialmente extranjeras.
Actualmente, a penas hay esbozos de una alternativa que pueda
construir un régimen diferente, más profundamente democrático. Son
innumerables los grupos, colectivos, plataformas contestatarios y con
propuestas, pero todavía no se ha articulado una alternativa con
aspiración y estrategia para alcanzar el poder y llevar a cabo un
programa transformador, definido y viable. Todavía se plantea una
actitud de súbdito que aspira a que mediante la protesta sea el
propio poder el que voluntariamente cambie. Es preciso, pues, asumir
el antiguo adaggio de que nosotros mismos realicemos el esfuerzo
redentor. Todo aquel con voluntad de transformación debe entender
que hay que aglutinar una alternativa fuerte capaz de disputar el
poder. ¿Quién se dispone a ponerle el cascabel al gato?
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