jueves, 7 de febrero de 2013

EL OCASO DEL RÉGIMEN DE LA II RESTAURACIÓN

El régimen de la II Restauración borbónica que surgió de la Transición está inmerso en una profunda crisis de la que todavía está por dilucidar cómo se saldrá: con parches que le permita mantenerse en esencia o con una profunda transformación que podamos considerar que se ha cambiado de paradigma. El paralelismo con la que protagonizaron Cánovas del Castillo y Sagasta, y que ya podemos llamar I restauración borbónica, son evidentes: una aparencia de democracia entorno a la alternancia entre Conservadores (PP) y Liberales (PSOE) que escondía un sistema oligopólico. Por supuesto, no podemos negar que aquel régimen era mucho más burdo y que el actual, que ha brindado mayores garantías, pluralidad y bienestar, pero la lógica de gestión del poder y la representatividad han sido muy similares.
Sin duda la II Restauración ha estado mejor construida, es indudable que las instituciones son, formalmente, exquisitamente democráticas; pero sobre ellas, como se hizo en la I Restauración, se ha construido un régimen oligopólico, en el que los partidos han sabido controlar todos los mecanismos del Estado de Derecho, con el apoyo de los medios de comunicación que han ejercido su papel de dirección de la opinión pública. De hecho, ha sido la acción combinada de una mayúscula crisis cíclica capitalista que ha desvelado la incompetencia generalizada del régimen y su nula representatividad de los intereses de la ciudadanía, con la pavorosa comprobación de la corrupción generalizada en la que se constata, entre otras cosas, la connivencia entre los poderes fácticos y el poder político, lo que ha producido esta crisis del régimen. Con el tiempo, probablemente, descubriremos si no hay algo más que mera coincidencia entre ambas circunstancias. Tanta concurrencia de bochornosos casos de corrupción generalizada hace sospechar si se debe a brutales guerras políticas en el seno del decadente régimen o desesperadas cortinas de humo para esconder cuestiones esenciales a la opinión pública, como la fiscalidad, la política inmobiliaria o el Estado de bienestar.
La I Restauración soportó mayor inestabilidad, particularmente desde 1898 y ya sabemos como desembocó: primero en la dictadura de Primo de Rivera ante su incapacidad de mantener su orden y finalmente en su total substitución por la oposición que se fue fraguando en sus últimos treinta años: los republicanos.
Afortunadamente, en el contexto actual es impensable una dictadura del estilo de Primo de Rivera, si bien se puede considerar, salvando las distancias, que bien puede ejercer su papel lo que hoy se llama un gobierno tecnocrático. A nadie se le escapa que ésta puede ser una salida del todo posible, sólo hay que ver las barbas del vecino italiano (a las que, de hecho, ya se les echó un vistazo con Primo de Rivera).
En la I Restauración, pues, se requirieron 30 años para que pudiera fraguar la alternativa republicana, independientemente de lo rápido que fue eliminada por las armas, especialmente extranjeras. Actualmente, a penas hay esbozos de una alternativa que pueda construir un régimen diferente, más profundamente democrático. Son innumerables los grupos, colectivos, plataformas contestatarios y con propuestas, pero todavía no se ha articulado una alternativa con aspiración y estrategia para alcanzar el poder y llevar a cabo un programa transformador, definido y viable. Todavía se plantea una actitud de súbdito que aspira a que mediante la protesta sea el propio poder el que voluntariamente cambie. Es preciso, pues, asumir el antiguo adaggio de que nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor. Todo aquel con voluntad de transformación debe entender que hay que aglutinar una alternativa fuerte capaz de disputar el poder. ¿Quién se dispone a ponerle el cascabel al gato?

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